Mi primer experiencia de maestra fue a los 10 años de edad. En el estacionamiento de nuestra iglesia había un típico autobús escolar de color amarillo. Ése fue mi primer salón de clases y los chiquitines de 3 años mis primeros alumnos. ¿A quién se le ocurrió que la combinación de esos tres elementos daría buenos resultados? No se; pero muy pronto aprendí, a tan corta edad, que para lograr mis objetivos tendría que adaptarme y ser muy creativa. Mi compañera y yo logramos en muy poco tiempo convertir ese camión en el aula más divertida que te puedas imaginar y a esos chiquillos de 3 años en los niños más felices de la iglesia. ¿Cómo? Tampoco se. Recuerdo cantos, brincos, colores, risas y, sobretodo, cambios, muchos cambios; porque lo que un domingo no funcionaba, se adaptaba y se transformaba para probar algo nuevo el siguiente domingo hasta dar con la fórmula correcta.
Así comenzó mi vida de docente y así ha sido hasta el día de hoy.
Ya no tengo diez años (por si tenían duda) y ya no doy clases en un autobús escolar; pero cada año recibo un racimo nuevo de vidas que se sientan en sus pupitres expectantes de recibir algo extraordinario. Cuando inicié mi carrera formal de docente a los 20 años, recién egresada de la Universidad, me topé con alumnos que, si acaso, eran 5 o 7 años más grandes que yo. Muy pronto me di cuenta que estaban un poco aburridos y que temas que a mi me apasionaban a ellos les parecían tediosos e irrelevantes. Siempre he sido ocurrente y creativa y en el momento se me venían ideas que hacían mis clases más prácticas y más divertidas. Por lo menos yo salía feliz y emocionada de salir de un salón en el que había habido risas junto con buenos resultados en la evaluación. Mis alumnos comenzaron a responder favorablemente a mis métodos poco convencionales y entendí que una vez más tendría que usar ese método de enseñanza que en la iglesia había llegado a dominar: el cambio.
En los últimos 21 años el cambio ha sido lo más constante en mi salón de clases. Ni un año es igual a otro, ni una clase es igual a otra, ni un alumno es parecido a otro. Yo entendía eso, pero muchos no.
Recuerdo claramente en una ocasión que enseñé acerca de las trincheras y les dije a los jóvenes que hicieran bombas de papel arrugado. Después proseguimos a "construir" trincheras con los mesa bancos para podernos esconder detrás de ellas y lanzar nuestras bombas. 'Alemanes' de un lado y 'Aliados' del otro. En cuanto todos estuvimos listos comenzó la guerra y el objetivo era poder pasar a tomar la trinchera de los enemigos. El equipo ganador tendría algún premio. En medio de aquella gran batalla de un momento a otro irrumpió Miss Rita (La Directora en ese entonces) por la puerta y dijo a gran voz: "¡Qué está pasando aquí! ¿En dónde está su maestra?" Lentamente asomé mi cabeza por la trinchera y levanté mi mano como cuando uno dice "presente" a la hora de pasar lista. Miss Rita "peló" los ojos, pues conocía mis métodos poco convencionales y también sus resultados, "continúen", nos dijo, se dio la media vuelta y se fue.
Conforme han ido pasando los años, mis métodos se han ido convirtiendo en lo convencional y he podido encontrar un hogar para mis ideas locas en ABP (Aprendizaje a Base de Proyectos) y el desarrollo de las habilidades del Siglo XXI. No ha sido fácil ir contra la corriente, pero sí ha sido extraordinario. Todo lo vivido ha valido la pena al ver los ojos de mis alumnos brillar con satisfacción cuando cumplen un reto que ellos creían imposible. En este recorrido de un poco más de 20 años aprendí algunas lecciones que me han mantenido en curso, sin perder mi determinación de estar comprometida con el cambio. Se las comparto con la esperanza de que logre encontrarle eco a mi pasión por cada generación que pasa por nuestras aulas.
1. El cambio es inevitable. Acéptalo, no te resistas. Las generaciones son como un río que fluye, el agua nunca es la misma. Los alumnos no son iguales y lo que te funcionó con unos tal vez no te funcione con otros. Haz las paces con el cambio.
2. No veas con ojos terrenales. Todo ser humano es cuerpo, alma y espíritu; una creación hecha a la imagen de Dios y hecha por Dios. Todo lo que Dios hace es perfecto. Nuestra labor incluye ver la perfección en los seres que Dios nos ha confiado y guiarlos para que puedan verla en ellos mismos. Al descubrirla lograrán conquistar cualquier obstáculo y alcanzar cualquier meta. Deja que sean los ojos de tu espíritu los que vean la perfección en todos ellos y así también tú podrás darte cuenta que cada esfuerzo de tu parte vale muchísimo la pena, eres privilegiado de tener a estos seres frente a ti.
3. Sé creativo y si no, rodéate de personas creativas. A donde vayas pon atención para encontrar inspiración y nuevas ideas. Observa y toma nota. Cuando escuches música, veas películas, salgas a pasear, etc., cada momento es una oportunidad para tener buenas ocurrencias.
4. Infórmate y aprende todos los días. Lee mucho. Estudia lo que otros estén haciendo y aprende todo lo que puedas. ¿Eres maestra de Kínder? Métete a ver cuáles son los mejores Kínders del mundo y ve qué es lo que están haciendo. Nunca pienses que ya encontraste la fórmula mágica y no tienes más que aprender. Asegúrate de aprender algo nuevo todos los días.
5. Valora las ideas de tus alumnos, seguro se les ocurrirá una aventura que no habías explorado. En mi experiencia, sus ideas siempre son mejores que las mías.
6. Se relevante y mantente actualizado con los intereses y la cultura de la generación a la que estés sirviendo.
7. No tengas miedo a equivocarte; si cambias tus paradigmas acerca del fracaso, pronto te darás cuenta que es uno de tus mejores aliados pues sin él nunca te darías cuenta de la riqueza que existe en el cambio y lo maravilloso que es aprender. ¿Tuviste una idea fracasada? ¡Qué gloriosa oportunidad te has dado para tener una idea extraordinaria para enmendar lo que se había roto!
8. Asegúrate de estar apasionado por lo que estás haciendo. El trabajo de transformar y formar vidas no es para todos. Hazte el favor a ti mismo y a tus alumnos de retirarte si en realidad tu pasión no se encuentra en lo que estás haciendo. Solo a través de tu pasión lograrás que la formación y la transformación que logres en tus alumnos sea positiva. Este último punto requiere que seas completamente honesto contigo mismo y te conduzcas con integridad para con los demás. Te lo recomiendo ampliamente.
Reconozco que mis recomendaciones no son muy técnicas ni llevan nombres muy pedagógicos, sin embargo, tengo la certeza de que son un buen comienzo para que, como miembro del equipo de HPA, seas un instrumento más en la preciosa sinfonía que cada día vamos componiendo y que trascenderá a las generaciones porque siempre caminará alguien sobre la tierra que haya sido transformado por nuestra canción.


